Vivencias

En uno de los blogs he leído recientemente lo más acertado sobre la definición sexual de las personas:
"Yo soy sexual, el prefijo lo pones tú"
Descúbrelo a lo largo de los artículos publicados y que que iré publicando regularmente.

24 agosto 2006

"El hombre propone, Dios dispone, viene la mujer...

...y todo lo descompone" Esta machista frase por excelencia estuve a punto de acuñarla como una verdad absoluta y estuvo o a punto de crear en mí un agudo sentimiento de misoginia. Más tarde caería en la cuenta que no se trataba de otra cosa que de celos, que como siempre, son malsanos. El amor puede ser, entre otros muchos calificativos, ciego y posesivo. Ver como otra persona participa o intenta participar de una u otra forma de la vida de la persona que amas, produce los inevitables celos, la mayoría de las veces injustificados, esto pasó sobre todo cuando quienes debían llegar, llegaron. Las chicas.

Pongámonos en el momento y en el lugar. Conseguir un beso de una chica era toda una proeza. Acostarse con ella, pertenecía al género de los milagros. Cierto que había excepciones, muchas, pero no era la norma. El país, política y socialmente estaba despertando del largo letargo de la dictadura y eso se notaba.

En la mayoría de los casos, las salidas a las discotecas siempre se acompañaban de ligues esporádicos y momentáneos, que al día siguiente todo el mundo había olvidado. Hasta que otro grupo de chicas comenzó a fusionarse con nosotros.

Acostumbrado como estaba a hablar de manera franca y abierta con mis amigos, se me hacía muy difícil la conversación regular con ellas. Era otro universo. Como ya he mencionado antes, no había tenido contacto con chicas ni en casa (no he tenido hermanas) ni en la escuela, ni en el colegio. Eran universos paralelos que pocas veces llegaron a encontrarse.

A duras penas sabía como entrar en conversación seria con ellas. No se hablaba de sexo -demasiado atrevido cuando no demasiado amoral- Ellas no hablaban nunca de fútbol o de deportes (cosa que agradecía, siempre me ha parecido un deporte que se debe practicar, no disfrutarlo por televisión desde el sofá de casa o desde la barra de un bar). Si se proponían salir a un lugar determinado, pocas veces encontraban oposición por parte de los chicos. La política era cosa de hombres... Decían que sí cuando querían decir no... Decían no cuando deseaban decir sí... Desconcertantes.

A pesar de mi relativamente buena facilidad de palabra, me descolocaban constantemente. Me recordaban a la gente de mi edad, aunque por razones diferentes, con la que me resultaba igualmente muy difícil mantener una conversación que no fuese de fútbol, coches o mujeres (y no para el mejor de los sentidos). Me parecían chicas aviejadas y sin embargo apenas estaban saliendo de la adolescencia, como los chicos. Quizás se debiera a la educación parental, más destinada a educarlas para la casa, el matrimonio et inconscientemente para la sumisión al macho...

Este grupo de chicas medio cuajó en el grupo, la pandilla pasó a ser mixta y se empezaron a formar las primeras parejas. Es curioso que yo pensase que era al único que tenía este problema con ellas. No era así, a mis amigos les pasaba también.

Lola pasó a ser mi "partenaire" ocasional de la pandilla. Los chicos la recibieron con los brazos abiertos.
Manolo no podía disimular su alegría por mí. Para comérselo a este puñetero, ¡qué chaval! cualquier cosa que me hiciera feliz a mí, le hacía feliz a él.

Volveremos con este tema... que trae cola(s)...

18 agosto 2006

Y llegó la puta mili

Llegó la inevitable puta mili. Tres años de prisión era la alternativa. Yo tomé la del "Todo por la Patria". Franco aun vivía. Aquello parecía una pesadilla.
Y una vez más, año y medio confinado solo entre machos, ¿Era una maldición o qué? Coño, ¡Que las nenas también me gustaban...! Cada día que pasaba las veía más lejos, pero no desesperaba. Tres meses de campamento en el Centro de Instrucción de Reclutas, conocido como el CIR a base de intensa instrucción cerrada y potajes a base de bromuro no daban para pensar en la entrepierna o en bellos cuerpos de jóvenes en plenas facultades físicas (lo de mentales en esas circunstancias estaba por ver...) Un auténtico calvario el Campamento, pero al fin se acabó. Tras la jura de bandera, fuimos destinados a los respectivos cuarteles. Mi destino fue a un cuartel de la zona de Campamento perteneciente a la División Acorazada Brunete. Al mando de esta Divisón, el general Milans del Bosch y Ussía ¿Os recuerda algo? Fue el que sacó los tanques unos años después por las calles de Valencia un día que quedará para siempre entre las negras páginas de la historia de España. Ese día es más conocido como el 23-F

Nunca he conocido mejor escuela de borrachos que los cuarteles de la armada en esos años: Todos con su "Hogar del Soldado", eufemístico nombre que se le daba a la cantina de borracheras comunes y multitudinarias del personal acuartelado. Con su bar de oficiales, y otro de suboficiales. Tres bares, ninguna biblioteca, para menos de 600 personas en total.

Nada que ver con el Campamento, la actividad del cuartel se reducía al intento de escamotearse con cualquier justificación y a cualquier precio de todo lo que pudiera parecerse a una actividad de tipo militar. Aparte de las consabidas guardias obligatorias y la limpieza de dormitorios, el resto del tiempo era de una ociosidad casi total. ¿Resultado? La cantina no paraba.

Según me confirmaron los colegas de los servicios de cocina, en el cuartel el bromuro dejó de usarse en la dieta diaria y eso se notaba: Las "tiendas de campaña" bajo las sábanas del despertar de los jóvenes en plena forma daban buena fe de ello. La homosexualidad seguía considerada delito y la homofobia al orden del día en los cuarteles, empezando por los oficiales, suboficiales, subalternos y la propia tropa. ¡Cualquiera daba indicios! Abstención casi total en esos meses, a pesar de que conocí a un par de chicos de mi compañía que sabía que “entendían”. De hecho nuestros propios mandos nos habían ordenado vigilarles y comunicarles cualquier actividad "sospechosa" Ambos trabajaban en las cuadras y casi todos sabíamos que probablemente se estaban dándose más de un revolcón entre las pacas de paja y los caballos. Nunca consentimos que llegara la más mínima "novedad" a los mandos correspondientes. Yo mismo me encargué de ponerlos al corriente para que tuviesen un extremo cuidado y no fueran sorprendidos "in fraganti" por alguno de los oficiales. Uno de ellos me lo agradeció poniéndose discretamente a mi disposición "para lo que necesitara cuando lo necesitara". Por usar un término apropiado en este caso, el chico estaba cañón y se me iban los ojos (y otras cosas) tras él, pero esta vez el miedo a la cosa militar pudo más que las hormonas. A punto estuvo la ocasión, pero no. Represión se llama a eso, ¿no? Pues contra la represión militar... ¡onanismo general!

Sólo en una ocasión violé esas reglas no escritas: En la noche de Navidad uno de nuestros soldaditos, no mal parecido, tuvo que quedarse completamente solo de guardia en la central de teléfonos del cuartel que era uno de los servicios atribuidos a nuestra compañía. Después de la cena y la fiesta, donde acabamos todos aun más borrachos de lo habitual (que ya era difícil...) cogí una botella de coñac y me dispuse a hacerle compañía. La intención era solo de hacerle compañía en una noche tan especial donde todos estábamos alejados de nuestras familias, pero al calor del coñac y de la entrepierna, después de unas conversaciones tórridas sobre lo mucho que echaba a su chavala de menos y lo que podría estar haciendo en ese momento con ella si no estuviera allí, fue el detonante para que se pusiera a punto y me lo sirviera en bandeja. ¿Acaso provocado conscientemente? Sin más miramientos le hice una masturbación exquisita a la que correspondió un poco aturdido y torpe, pero muy satisfecho. Cocidos por el alcohol, creo recordar que nos dormimos abrazados. ¡Feliz Nochebuena Tomás! Me encantó que te gustara, te portaste como un hombre, como un heterosexual absoluto, pero de los que no dicen no a eventuales "circunstancias atenuantes..." ¡Qué bien nos ha formado la Santa Madre Iglesia en sus clases magistrales de hipocresía! Y luego son los primeros en condenarnos. Cuando el Cristo vuelva...

Y se acabó. Parecía imposible, pero al fin se acabó la puta mili. Aparte de algunos gestos de solidaridad más orientados al escaqueo general que a otra cosa, no saqué nada en limpio del Servicio Militar del que se suponía “iba a hacerme un hombre”, frase bien acuñada tanto por los militares como por el uso popular. Una vez licenciados, cada cual se fue a su lugar de origen y vi solamente a uno, y una sola vez por pura casualidad en un tren con destino a Guadalajara.
Eso sí, nos faltó el título de DCE (Doctor en Ciencias Etílicas). Digo yo que hubieran podido al menos habernos dado ese diploma que tanto dinero costó a nuestros familiares en año y medio y que tanto nos costó conseguir a base de ejercicios de barra fija. Porque con un salario de 200 pesetas al mes... (Poco más de un euro de hoy) ni el gasto para el betún de las botas se cubría.
Cuando dejé el cuartel, Franco había muerto unos meses atrás.
¡Viva el Rey!
Aires nuevos soplaban en este país políglota y pluricultural llamado España. Ya estaba dejando de ser “Una Grande y Libre”.
Siempre me he preguntado quién fue el incapacitado mental que inventó el lema de lo que justamente no era España; ni Una, ni Grande, ni Libre.

El club parroquial

Dos de mis hermanos se movían con el club parroquial, bien animado por un cura joven, fuera de las normas de los entonces asotanados curas preconciliares. Organizaba excursiones de norte a sur y de este a oeste de la península a precio de costo. Como buen cura, de palabra fácil y carácter comprensivo con las inquietudes de los jóvenes, y de mentalidad muy abierta en esos tiempos, se convirtió en amigo y compañero del grupo parroquial. En este grupo conocería a la que iba a ser mi primera novia.

Recordemos que tanto en la escuela primaria en el pueblo como en el colegio de los salesianos, nunca tuve ocasión de contacto ni directo ni indirecto con las chicas. De ellas, lo ignoraba absolutamente TODO. Ni tan siquiera quedaba el consuelo de la revista o película porno, entonces había que cruzar la frontera para poder ver algo que se pareciera a los pechos de una mujer o a un cuerpo desnudo, aparte de “la maja” de Goya y para eso había que ir al museo del Prado. Cuando los diarios y revistas se referían a Goya, la censura se encargaba de que representaran a su homóloga, la maja vestida. A pesar de los esfuerzos que los intelectuales del cine y televisión hacían por provocar una visión del cuerpo femenino en traje de Eva, ni siquiera un seno dando de mamar a un bebé estaba permitido en la pantalla o en el papel impreso. "La moral y las buenas costumbres" tampoco permitían que una pareja de novios tuviera relaciones prematrimoniales. Toda una discusión casi cotidiana con nuestro moderno sacerdote. Ni siquiera con él había manera. Debíamos seguir en la ignorancia mutua chico-chica. Las dudas, después de la boda, cuando ya era demasiado tarde para reparar los posibles daños.

Nos contó este cura que una vez, una pareja que estaba preparando su boda con él, le preguntaron cómo debían hacer para tener hijos. No dábamos crédito a sus palabras. Tanta torpeza en dos adultos que iban a casarse no podía ser cierta y pensábamos que se trataba de una broma suya. Pues no, la situación fue verídica. Este caso ilustra hasta qué punto llegaban la ignorancia en cuanto al sexo, propio y contrario, en una dictadura de represión moral, política y social.
En una de las reuniones, noté la presencia de un joven rostro femenino nuevo, con un año menor que yo, ya con 17, que me miraba. Crucé la mirada y fue el flechazo: Esa chica tenía que ser mi novia. Morena, con rasgos andaluces, guapísima. Poco tardamos en entablar relaciones de novios, entiéndase “formales” es decir juntos pero no revueltos. Pareja, pero sin convivencia. Relación, pero sin cama. Amor, pero sin sexo… ¿continúo? Mejor no. Imaginad, que no cuesta nada.
Las familias no tardaron en enterarse y pronto fuimos presentados a nuestras respectivas como novios. La de ella, estupenda, tres hermanos, padre, madre y las dos abuelas formaban el núcleo familiar. Su hermano mayor, buen aficionado a la guitarra animaba con frecuencia las reuniones y misas parroquiales. Con el mediano, Andrés, un chavalote simpático, alegre y guapetón, de un par de años menos que yo, hicimos amistad casi de inmediato.

Las relaciones de pareja iban, como tenían que ir, es decir bien, respeto mutuo, abrazos, besos y… basta. Debo confesar que nunca pude (y digo pude, no digo quise) tocarle el pezón de un pecho en tres años de noviazgo. Huelga decir que tampoco otras partes mas intimas… Había que llegar virgen al matrimonio, allí el mártir era yo... ¿o debería decir los dos? ¡Jesús qué cruz!

Que el onanismo empezaba a formar parte de mí como enfermedad crónica, como una parte más de mi personalidad, era ya más que evidente. Añadido a mi más que dudosa tendencia a apreciar la belleza masculina… las cosas se me complicaban. Las neuronas empezaron a cortocircuitarse. Si los sentimientos por ella eran verdaderamente sinceros, mi sexualidad se iba por los cerros de Úbeda.
Para más INRI, debido a una larga y penosa enfermedad de mi madre y su posterior fallecimiento, su familia me recibió en casa con los brazos abiertos, prácticamente obligándome a vivir bajo su techo para poder estar atendido debidamente. Vistas las circunstancias era lo mejor que podían hacer por mí… al menos eso creían sinceramente. Este gesto nunca se lo agradeceré lo suficiente.

Un día, cuando aun yo no había dejado el domicilio parental, su hermano Andrés vino a mi casa a verme como tenía por costumbre de vez en cuando. El día era caluroso y después de comer dormimos una pequeña siesta. Al levantarme fui a despertarlo a su cama. Estaba aun dormido. Se había acostado vestido y lo fui a despertar, estaba de cara a la pared y observé que cuando se dio la media vuelta, su entrepierna mostraba una abultada protuberancia bajo el pantalón imposible de disimular. Lejos de cortarse, se la restregó con un suspiro provocador, invitándome con un gesto a que comprobara el tamaño. Con una tentación como esa, y con hambre de todo, no pude resistir a semejante invitación. Le sobé el bulto admirándome por su tamaño y consistencia, y en broma le dije que debería pasar al servicio y masturbarse para descargar. Al envido dijo quiero y me propuso que yo mismo le masturbara allí mismo, que había soñado con no sé qué chica y necesitaba urgentemente evacuar los líquidos seminales por otra mano que no fuera la suya. Que si no lo hacía así iba a tener dolor de testículos todo el día. Me quedé muy sorprendido por su directa petición, ¡Yo era el novio de su hermana! Claro que le ayudé. Descubrir un miembro del tamaño semejante en un apuesto chico de 17 años, no es cosa que se vea todos los días ni dulce que se pueda rechazar por un goloso. Estaba ya a punto de reventar, un par de subidas y bajadas fueron suficientes para que eyaculara en mis manos. Nos limpiamos y salimos de allí, no volvimos a hablar del tema. Me quedé alucinado con el tamaño de su miembro. Lo tenía un poco torcido a la derecha, pero no suponía que un chico tan joven y tan delgado pudiera tener las joyas de familia con esa desproporción.

Tras la proposición de ir a vivir prácticamente a casa de ellos y mi aceptación bien que a regañadientes, necesaria, nos dispusieron tres camas plegables juntas para los tres chicos, el menor de sus hermanos dormiría con una de las abuelas. Ese sería a partir de ese día nuestro dormitorio. Como por casualidad, la cama de Andrés estaba pegada a la que yo dormía. La tentación se me metía en el dormitorio, por no decir en la cama. No seamos hipócritas, yo estaba encantado con la idea.

Planteamiento personal: "Cojonudo: Vivo y duermo en casa de la novia, sueño con ella, me acuesto con su hermano, gozo con él… y encima me gusta". ¿Hay quién dé más? Tengo curiosidad por saber lo que pensaría un profesional de la psiquiatría en un caso como este.

Los contactos sexuales, eso sí limitados a una masturbación mutua prácticamente diaria a la hora de dormir y alguna que otra vez en el baño cuando estábamos solos en la casa. Aquello solo se podía terminar de una manera: rompiendo las relaciones con mi novia para desatar todas las cadenas de una vez por todas. ¿Y qué contarle a ella? Nada, tuve que decir que no la quería y que deseaba romper con ella aunque eso no fuera cierto. Sus padres pedían al menos una explicación… ¿qué decirles? Muy a mi pesar, les hubiera podido contar una historia inventada, pero fue mejor no decirles nada. Vale más un buen silencio que una mala mentira, y ellos no se lo merecían, siempre me trataron como a uno más de la familia. La ruptura fue traumática, supongo que al igual que para ella. Ni siquiera pudimos quedar como amigos. La proximidad de Andrés hubiera sido nefasta para todos.

Las relaciones con mi primera novia se acabaron así, los encuentros forzados con Andrés también aunque aun se atrevió a ir a casa en un par de ocasiones. A pesar de ser un buen chaval. Por cierto que siempre se consideró absolutamente heterosexual. No sería la última vez que alguien que se declara clara y absolutamente heterosexual me provocaría a entrar en una inequívoca relación homo. Parece que hay gente que haya que meterles un pedazo de carne por el culo para convencerles que además de gustarles una mujer puede gustarles un chico sin que tengan que negarlo, al menos a aquel con el que tienen ese tipo de relación. Vamos, digo yo. Son capaces de negar la evidencia misma.

La escuela. Las nuevas escuelas

La escuela de los chicos más pequeños estaba situada en los bajos del viejo edificio de lo que entonces se llamaba Casa Consistorial, es decir, del Ayuntamiento. Las chicas ocupaban el piso superior. El año en que cumpliría los seis, mi padre me acompañó a mi primer día de escuela. De esas pocas veces aparte de la cita dominical que mi padre no vestía el ajado pantalón de pana, esta fue una. Vestido pues de domingo, creo recordar que yo también. A falta de cuadernos, con mi nueva pizarra* bajo el brazo, llegamos a la escuela donde mi primer maestro, don Luis, se encargó de recibirnos. Después de hablar brevemente con mi padre y darme las instrucciones propias de lo que se podía y no se podía hacer, me asignó uno de los pupitres tan viejos como la escuela. Debía datar al menos del siglo anterior a juzgar por el aspecto de sus muros, hinchados aquí y allá y donde la última capa de cal debió pertenecer a la época de las guerras Napoleónicas. Las dos pequeñas ventanas dejaban pasar una tenue luz que ayudaban poco a iluminar su interior. La luz eléctrica no estaba disponible para todo el pueblo más que durante las primeras horas de la noche. Una estufa de leña en la parte anterior de la clase, al borde del encerado (la pizarra) intentaba calentar el ya fresco ambiente de septiembre que anunciaba la proximidad del otoño. Así comenzaba mi vida escolar. Al año siguiente estaba previsto que inauguráramos las nuevas escuelas situadas en la parte inferior del pueblo, al borde de la carretera.

Creo que para entonces ya había aprendido a leer. Uno de mis hermanos, el segundo, que con frecuencia por razones de su delicada salud no acompañaba al resto de la familia en las labores del campo, se había preocupado en enseñarme a leer y sobre todo en hacerme sentir el gusto por la lectura. Lástima que no dispusiéramos de apenas libros, ni en casa, ni en la escuela, ni en el pueblo... La enseñanza se limitaba al "Catón moderno", una especie de cuaderno para enseñar los rudimentos de la gramática castellana.

Un año después se inauguraron las nuevas escuelas. Con las inevitables comparaciones, habíamos pasado de una choza a un palacio. Era un edificio de dos plantas con cuatro clases, con amplios ventanales orientados al mediodía, una luz a la que no estábamos acostumbrados, unas paredes rectas y recién pintadas que nos parecía hasta extraño. Ni siquiera las casas más modernas hechas de adobe tenían las paredes tan rectas. El piso de abajo se destinó a dos clases para las chicas y en el superior estábamos las dos clases de los chicos, ordenados según las diferentes edades. En esos años la mezcla de sexos en la escuela hubiese adquirido el calificativo de "escandaloso" Era simplemente impensable. Así que chicos y chicas seguíamos y seguiríamos por muchos años, separados.

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*Pizarra: Trozo de pizarra pulida y enmarcada en madera que servía de soporte de escritura, escribiendo en ella con un pizarrín del mismo material a modo de lápiz. Se borraba con un trapo húmedo, las más de las veces con el vaho del aliento y la manga del jersey por sentido práctico.

16 agosto 2006

Los primeros recuerdos

España, años 50, años de la posguerra civil y en plena dictadura de don Francisco Franco Bahamone "Caudillo de España por la Gracia de Dios" (Por la de un golpe de estado militar contra un régimen legal y democrático, en realidad).
Una vieja casa de adobe en algún pueblo de algún lugar de la Castilla profunda, de Castilla la Vieja se decía entonces. Mi hermano mayor y mi padre terminaban de construir la nueva chimenea de adobe de la cocina que serviría como único medio de calefacción al paso por la habitación donde dormíamos los chicos en el primer piso, justo encima de la cocina, antes de desaparecer hacia el tejado atravesando el desván.

Un frío 27 de noviembre, el proceso natural de reproducción y el avanzado estado de gestación de mi madre culminaban abriéndome las puertas del mundo y de la vida.

Un palanganero y un minúsculo espejo en la misma cocina eran los enseres de aseo cotidiano, el agua corriente inexistente, el agua caliente igualmente inexistente. Un par de fuentes en el pueblo, equidistantes de la casa, eran regularmente visitadas para acarrear el agua y poder satisfacer nuestras necesidades básicas del líquido elemento.

Un par de mulos, una docena de gallinas y un gorrino en una cochiquera infecta formaban la cuadra, dentro de la misma vivienda, que ocupaba la mayor parte de la planta baja completada por un pequeño trastero donde se guardaban los aperos manuales de labranza, justo enfrente de la cocina.

Apenas si recuerdo vagamente algunos detalles anteriores al período escolar. Algunas visitas a la huerta familiar donde mis padres hacían crecer las patatas o las judías que contribuían a la pobre olla familiar. Unas veces a guardar el turno del agua de riego en los meses de sequía, otras a ayudar a plantar unas cebollas, las más, a mirar cómo mi padre se dejaba los riñones para poder sacar unas patatas o recoger unos ajos.

En periodo estival, yo era el encargado de la barrila, como se le llama en la tierra al botijo de barro, acompañando a los segadores de sol a sol, hoces en mano. Durísimos trabajos intentando sacar de la tierra, tan pobre y austera como sus habitantes, de qué poder contribuir al puchero cotidiano.

Rudos et interminables inviernos, nevadas frecuentes, fríos intensos, recuerdos de mi padre sentado sobre una banqueta al calor del fogón de la cocina mirando a través del ventanuco la calle del pueblo. Cuando le veía afeitarse y cambiar su viejo pantalón de pana marrón ajado por el tiempo y el uso, sabía que era domingo. Sólo la visita dominical a la iglesia justificaba el afeitado y la muda por otro pantalón, si bien no menos ajado, esta vez negro, al menos más limpio y planchado.

Vagos recuerdos de algún abrazo y algún beso con él sobre el fogón de la cocina, no muchos, nunca se han prodigado en la familia. Nunca he entendido muy bien porqué, pero eso de los síntomas de cariño más bien parecía pertenecer a las familias pudientes, creo que entonces los pobres de entre los pobres éramos igualmente pobres hasta para eso.

De nueve partos de nuestra madre, que alumbró a todos varones, cuatro hermanos de los cuales yo soy el último, formábamos la prole restante de la familia. Más de la mitad se quedaron en el camino. A dos les llegaron a inscribir en el registro civil, muriendo a los pocos días o las pocas semanas. Las crueles deficiencias en materia de sanidad y sobre todo de recursos económicos se encargaron de ello. Cuando aún hoy oigo decir a alguien que "con Franco se vivía mejor", y así lo creían mis propios padres porque así se lo habían inculcado, no puedo evitar sentir escalofríos. Si la guerra civil fue cruel, la posguerra no lo fue menos.

Viencias

El objeto de este blog, como el de tantos otros, es el de escribir, mejor dicho describir las vivencias personales.
También como muchos otros, no sé muy bien por donde empezar.

Digamos que no estaría mal daros la bienvenida, ¿no?

Pues eso, ¡Bienvenidos!