Dos de mis hermanos se movían con el club parroquial, bien animado por un cura joven, fuera de las normas de los entonces asotanados curas preconciliares. Organizaba excursiones de norte a sur y de este a oeste de la península a precio de costo. Como buen cura, de palabra fácil y carácter comprensivo con las inquietudes de los jóvenes, y de mentalidad muy abierta en esos tiempos, se convirtió en amigo y compañero del grupo parroquial. En este grupo conocería a la que iba a ser mi primera novia.
Recordemos que tanto en la escuela primaria en el pueblo como en el colegio de los salesianos, nunca tuve ocasión de contacto ni directo ni indirecto con las chicas. De ellas, lo ignoraba absolutamente TODO. Ni tan siquiera quedaba el consuelo de la revista o película porno, entonces había que cruzar la frontera para poder ver algo que se pareciera a los pechos de una mujer o a un cuerpo desnudo, aparte de “la maja” de Goya y para eso había que ir al museo del Prado. Cuando los diarios y revistas se referían a Goya, la censura se encargaba de que representaran a su homóloga, la maja vestida. A pesar de los esfuerzos que los intelectuales del cine y televisión hacían por provocar una visión del cuerpo femenino en traje de Eva, ni siquiera un seno dando de mamar a un bebé estaba permitido en la pantalla o en el papel impreso. "La moral y las buenas costumbres" tampoco permitían que una pareja de novios tuviera relaciones prematrimoniales. Toda una discusión casi cotidiana con nuestro moderno sacerdote. Ni siquiera con él había manera. Debíamos seguir en la ignorancia mutua chico-chica. Las dudas, después de la boda, cuando ya era demasiado tarde para reparar los posibles daños.
Nos contó este cura que una vez, una pareja que estaba preparando su boda con él, le preguntaron cómo debían hacer para tener hijos. No dábamos crédito a sus palabras. Tanta torpeza en dos adultos que iban a casarse no podía ser cierta y pensábamos que se trataba de una broma suya. Pues no, la situación fue verídica. Este caso ilustra hasta qué punto llegaban la ignorancia en cuanto al sexo, propio y contrario, en una dictadura de represión moral, política y social.
En una de las reuniones, noté la presencia de un joven rostro femenino nuevo, con un año menor que yo, ya con 17, que me miraba. Crucé la mirada y fue el flechazo: Esa chica tenía que ser mi novia. Morena, con rasgos andaluces, guapísima. Poco tardamos en entablar relaciones de novios, entiéndase “formales” es decir juntos pero no revueltos. Pareja, pero sin convivencia. Relación, pero sin cama. Amor, pero sin sexo… ¿continúo? Mejor no. Imaginad, que no cuesta nada.
Las familias no tardaron en enterarse y pronto fuimos presentados a nuestras respectivas como novios. La de ella, estupenda, tres hermanos, padre, madre y las dos abuelas formaban el núcleo familiar. Su hermano mayor, buen aficionado a la guitarra animaba con frecuencia las reuniones y misas parroquiales. Con el mediano, Andrés, un chavalote simpático, alegre y guapetón, de un par de años menos que yo, hicimos amistad casi de inmediato.
Las relaciones de pareja iban, como tenían que ir, es decir bien, respeto mutuo, abrazos, besos y… basta. Debo confesar que nunca pude (y digo pude, no digo quise) tocarle el pezón de un pecho en tres años de noviazgo. Huelga decir que tampoco otras partes mas intimas… Había que llegar virgen al matrimonio, allí el mártir era yo... ¿o debería decir los dos? ¡Jesús qué cruz!
Que el onanismo empezaba a formar parte de mí como enfermedad crónica, como una parte más de mi personalidad, era ya más que evidente. Añadido a mi más que dudosa tendencia a apreciar la belleza masculina… las cosas se me complicaban. Las neuronas empezaron a cortocircuitarse. Si los sentimientos por ella eran verdaderamente sinceros, mi sexualidad se iba por los cerros de Úbeda.
Para más INRI, debido a una larga y penosa enfermedad de mi madre y su posterior fallecimiento, su familia me recibió en casa con los brazos abiertos, prácticamente obligándome a vivir bajo su techo para poder estar atendido debidamente. Vistas las circunstancias era lo mejor que podían hacer por mí… al menos eso creían sinceramente. Este gesto nunca se lo agradeceré lo suficiente.
Un día, cuando aun yo no había dejado el domicilio parental, su hermano Andrés vino a mi casa a verme como tenía por costumbre de vez en cuando. El día era caluroso y después de comer dormimos una pequeña siesta. Al levantarme fui a despertarlo a su cama. Estaba aun dormido. Se había acostado vestido y lo fui a despertar, estaba de cara a la pared y observé que cuando se dio la media vuelta, su entrepierna mostraba una abultada protuberancia bajo el pantalón imposible de disimular. Lejos de cortarse, se la restregó con un suspiro provocador, invitándome con un gesto a que comprobara el tamaño. Con una tentación como esa, y con hambre de todo, no pude resistir a semejante invitación. Le sobé el bulto admirándome por su tamaño y consistencia, y en broma le dije que debería pasar al servicio y masturbarse para descargar. Al envido dijo quiero y me propuso que yo mismo le masturbara allí mismo, que había soñado con no sé qué chica y necesitaba urgentemente evacuar los líquidos seminales por otra mano que no fuera la suya. Que si no lo hacía así iba a tener dolor de testículos todo el día. Me quedé muy sorprendido por su directa petición, ¡Yo era el novio de su hermana! Claro que le ayudé. Descubrir un miembro del tamaño semejante en un apuesto chico de 17 años, no es cosa que se vea todos los días ni dulce que se pueda rechazar por un goloso. Estaba ya a punto de reventar, un par de subidas y bajadas fueron suficientes para que eyaculara en mis manos. Nos limpiamos y salimos de allí, no volvimos a hablar del tema. Me quedé alucinado con el tamaño de su miembro. Lo tenía un poco torcido a la derecha, pero no suponía que un chico tan joven y tan delgado pudiera tener las joyas de familia con esa desproporción.
Tras la proposición de ir a vivir prácticamente a casa de ellos y mi aceptación bien que a regañadientes, necesaria, nos dispusieron tres camas plegables juntas para los tres chicos, el menor de sus hermanos dormiría con una de las abuelas. Ese sería a partir de ese día nuestro dormitorio. Como por casualidad, la cama de Andrés estaba pegada a la que yo dormía. La tentación se me metía en el dormitorio, por no decir en la cama. No seamos hipócritas, yo estaba encantado con la idea.
Planteamiento personal: "Cojonudo: Vivo y duermo en casa de la novia, sueño con ella, me acuesto con su hermano, gozo con él… y encima me gusta". ¿Hay quién dé más? Tengo curiosidad por saber lo que pensaría un profesional de la psiquiatría en un caso como este.
Los contactos sexuales, eso sí limitados a una masturbación mutua prácticamente diaria a la hora de dormir y alguna que otra vez en el baño cuando estábamos solos en la casa. Aquello solo se podía terminar de una manera: rompiendo las relaciones con mi novia para desatar todas las cadenas de una vez por todas. ¿Y qué contarle a ella? Nada, tuve que decir que no la quería y que deseaba romper con ella aunque eso no fuera cierto. Sus padres pedían al menos una explicación… ¿qué decirles? Muy a mi pesar, les hubiera podido contar una historia inventada, pero fue mejor no decirles nada. Vale más un buen silencio que una mala mentira, y ellos no se lo merecían, siempre me trataron como a uno más de la familia. La ruptura fue traumática, supongo que al igual que para ella. Ni siquiera pudimos quedar como amigos. La proximidad de Andrés hubiera sido nefasta para todos.
Las relaciones con mi primera novia se acabaron así, los encuentros forzados con Andrés también aunque aun se atrevió a ir a casa en un par de ocasiones. A pesar de ser un buen chaval. Por cierto que siempre se consideró absolutamente heterosexual. No sería la última vez que alguien que se declara clara y absolutamente heterosexual me provocaría a entrar en una inequívoca relación homo. Parece que hay gente que haya que meterles un pedazo de carne por el culo para convencerles que además de gustarles una mujer puede gustarles un chico sin que tengan que negarlo, al menos a aquel con el que tienen ese tipo de relación. Vamos, digo yo. Son capaces de negar la evidencia misma.