16 agosto 2006

Los primeros recuerdos

España, años 50, años de la posguerra civil y en plena dictadura de don Francisco Franco Bahamone "Caudillo de España por la Gracia de Dios" (Por la de un golpe de estado militar contra un régimen legal y democrático, en realidad).
Una vieja casa de adobe en algún pueblo de algún lugar de la Castilla profunda, de Castilla la Vieja se decía entonces. Mi hermano mayor y mi padre terminaban de construir la nueva chimenea de adobe de la cocina que serviría como único medio de calefacción al paso por la habitación donde dormíamos los chicos en el primer piso, justo encima de la cocina, antes de desaparecer hacia el tejado atravesando el desván.

Un frío 27 de noviembre, el proceso natural de reproducción y el avanzado estado de gestación de mi madre culminaban abriéndome las puertas del mundo y de la vida.

Un palanganero y un minúsculo espejo en la misma cocina eran los enseres de aseo cotidiano, el agua corriente inexistente, el agua caliente igualmente inexistente. Un par de fuentes en el pueblo, equidistantes de la casa, eran regularmente visitadas para acarrear el agua y poder satisfacer nuestras necesidades básicas del líquido elemento.

Un par de mulos, una docena de gallinas y un gorrino en una cochiquera infecta formaban la cuadra, dentro de la misma vivienda, que ocupaba la mayor parte de la planta baja completada por un pequeño trastero donde se guardaban los aperos manuales de labranza, justo enfrente de la cocina.

Apenas si recuerdo vagamente algunos detalles anteriores al período escolar. Algunas visitas a la huerta familiar donde mis padres hacían crecer las patatas o las judías que contribuían a la pobre olla familiar. Unas veces a guardar el turno del agua de riego en los meses de sequía, otras a ayudar a plantar unas cebollas, las más, a mirar cómo mi padre se dejaba los riñones para poder sacar unas patatas o recoger unos ajos.

En periodo estival, yo era el encargado de la barrila, como se le llama en la tierra al botijo de barro, acompañando a los segadores de sol a sol, hoces en mano. Durísimos trabajos intentando sacar de la tierra, tan pobre y austera como sus habitantes, de qué poder contribuir al puchero cotidiano.

Rudos et interminables inviernos, nevadas frecuentes, fríos intensos, recuerdos de mi padre sentado sobre una banqueta al calor del fogón de la cocina mirando a través del ventanuco la calle del pueblo. Cuando le veía afeitarse y cambiar su viejo pantalón de pana marrón ajado por el tiempo y el uso, sabía que era domingo. Sólo la visita dominical a la iglesia justificaba el afeitado y la muda por otro pantalón, si bien no menos ajado, esta vez negro, al menos más limpio y planchado.

Vagos recuerdos de algún abrazo y algún beso con él sobre el fogón de la cocina, no muchos, nunca se han prodigado en la familia. Nunca he entendido muy bien porqué, pero eso de los síntomas de cariño más bien parecía pertenecer a las familias pudientes, creo que entonces los pobres de entre los pobres éramos igualmente pobres hasta para eso.

De nueve partos de nuestra madre, que alumbró a todos varones, cuatro hermanos de los cuales yo soy el último, formábamos la prole restante de la familia. Más de la mitad se quedaron en el camino. A dos les llegaron a inscribir en el registro civil, muriendo a los pocos días o las pocas semanas. Las crueles deficiencias en materia de sanidad y sobre todo de recursos económicos se encargaron de ello. Cuando aún hoy oigo decir a alguien que "con Franco se vivía mejor", y así lo creían mis propios padres porque así se lo habían inculcado, no puedo evitar sentir escalofríos. Si la guerra civil fue cruel, la posguerra no lo fue menos.